Mientras el gobierno repite la palabra “reactivación” como un mantra, en los territorios se vive otra realidad. La presión de privados y del propio Ejecutivo por acelerar inversiones ha convertido la “permisología” en el nuevo enemigo público. Se discute, incluso, un proyecto de ley para flexibilizar el Sistema de Evaluación de Impacto Ambiental, y se habla de “ataduras burocráticas” que frenan el crecimiento. Como si proteger los ecosistemas fuera un capricho y no la base de nuestra propia supervivencia.
Esa lógica cortoplacista se evidencia en la Patagonia, donde el Gobierno impulsa una ley de acuicultura sin resolver el desastre ambiental que ha generado la salmonicultura. La industria presiona para expandirse; los ambientalistas recuerdan que las áreas protegidas no son un terreno de sacrificio. Entre tanto, la restauración de ecosistemas sigue siendo una promesa incumplida y el almacenamiento de energías renovables, clave para la transición, apenas avanza. En esta encrucijada, el Ejecutivo parece olvidar que la confianza en las instituciones se construye con hechos, no con titulares.
El desarrollo económico no se contradice con la protección ambiental; de hecho, dependerá de ella. El hidrógeno verde y el litio no serán motores de futuro si su explotación devasta comunidades y reservas de agua.
La obsesión por “agilizar permisos” para atraer inversión solo generará más conflictos socioambientales y frenará los proyectos que realmente necesitamos. Un país que destruye sus bosques, ríos y mares para obtener ganancias rápidas condena a sus ciudadanos a sufrir sequías, inundaciones y conflictos territoriales.
La alternativa pasa por repensar el modelo: priorizar la eficiencia energética, invertir en ciencia y tecnología para la captura y almacenamiento de energía limpia, y crear instancias de diálogo vinculantes con comunidades y científicos. Esto no solo elevará nuestros estándares ambientales, sino que generará empleo y atraerá inversión responsable. La verdadera reactivación no se logra diluyendo normas, sino construyendo un desarrollo con futuro, donde el crecimiento y la naturaleza dejen de ser enemigos y se conviertan en aliados.
Oscar Pérez Castro


