Existe un cántico en la barra de Colo-Colo que dice: “Cuando el equipo anda mal, la hinchada lo hace ganar”. Una arenga elogiada en su momento por el propio Marcelo Bielsa, que ejemplifica lo que debiera ser el propósito último de una afición. Sin embargo, los hechos muestran todo lo contrario: son un lastre para los equipos, una destrucción para la sociedad y, en muchos casos, la muerte para los fanáticos.
El sábado 31 de agosto se vivió una nueva edición del denominado “Superclásico” del fútbol chileno, entre los dos equipos más populares del país: Colo-Colo y la Universidad de Chile. El resultado fue 1-0 para los albos. Pero otro saldo de este enfrentamiento fue la muerte de un nuevo hincha del Cacique. Este se encontraba en el techo del estadio, desde donde cayó al vacío. Un hecho que se suma a la larga lista de incidentes de gran connotación ocurridos este año.
El 10 de abril, Colo-Colo enfrentó a Fortaleza por Copa Libertadores. En esa jornada, dos jóvenes murieron en medio de un confuso incidente en los perímetros del estadio Monumental. Tras aquello, se produjeron desórdenes dentro del estadio que llevaron a la suspensión del partido. Conmebol castigó al “Popular” con la cancelación final del encuentro —con un marcador a favor de la visita de 0-3—, una sanción económica de USD 80.000 y una serie de partidos a puertas cerradas, sin posibilidad de tener público visitante en sus expediciones al extranjero.
A su vez, la Universidad de Chile, el 20 de agosto pasado, estuvo involucrada en uno de los hechos más violentos vistos en los últimos años en partidos Conmebol. Barristas del “Bulla” se enfrentaron con hinchas de Independiente de Avellaneda en una pelea masiva que terminó con golpes, personas semidesnudas y una caída de más de diez metros de altura. Aunque la parcialidad trasandina tiene evidente responsabilidad, es probable que la “U” reciba algún tipo de castigo deportivo.
Todo esto ocurrió tan solo este año.
Ir a un partido de fútbol en Chile es exponer la vida. Y lamentablemente no es una exageración. Tanto es así que ya existen proyectos de ley al respecto. Sin contar que cada vez son menos los alcaldes que quieren tener en sus comunas encuentros donde estén presentes los “grandes”. Como el alcalde de Independencia, quien aboga porque no se juegue la Supercopa —justamente entre los dos grandes del fútbol chileno— en el estadio Santa Laura.
Si rememoramos, también existen otros hechos perjudiciales en los que la hinchada ha sido un estorbo para las aspiraciones deportivas de los clubes. Como la final de la Copa Sudamericana 2006, donde, por incidentes en la semifinal entre Colo-Colo y Toluca, el estadio fue suspendido, debiendo trasladar el partido al Nacional. Algunos argumentan que ese cambio contribuyó a la derrota del Cacique contra Pachuca.
Más recientemente, en 2022, la Universidad Católica fue sancionada por el lanzamiento de objetos y por gestos racistas de un grupo de sus hinchas hacia los aficionados de Flamengo. Estos hechos derivaron en una multa total de US$ 70.000. Además, se ordenó el cierre total de la tribuna Ignacio Prieto por tres partidos en competiciones Conmebol.
Cuando el equipo anda mal, parece que la hinchada lo hunde más: hacen perder dinero, hacen perder en lo deportivo y hacen perder a la sociedad. ¿Son todos los hinchas los que causan este daño? Evidentemente no. Pero debe haber un cambio en cómo se aborda el problema.
El ministro de Seguridad Pública, Luis Cordero, ha advertido a los clubes sobre las consecuencias de no actuar firmemente en temas de seguridad. Además, se ha discutido la necesidad de un cambio de enfoque en la seguridad de los estadios, que no se limite solo a la acción del Estado, sino también al rol de los clubes en la prevención de la violencia. Pero no debe ser únicamente desde un rol logístico, como entregar listas o hacer identificaciones, sino desde una ruptura real de los lazos con las barras bravas.
Es necesario trabajar en conjunto en la cultura del fútbol para lograr separarla del mundo criminal y del narcotráfico, cortar con los grupos de presión que son utilizados a conveniencia en épocas de elecciones de directivas, y terminar con las concesiones y facilidades de entrada a los estadios y entrenamientos de estos grupos. Todo esto está documentado y ha sido ampliamente denunciado por periodistas como Juan Cristóbal Guarello y por la experta en seguridad pública Pilar Lizana, en su columna del 18 de abril en El Líbelo.
Entonces, si ya es de público conocimiento, y que se sabe que además es nocivo para las aspiraciones centrales de las instituciones deportivas (ganar plata, tener éxitos deportivos y ser una entidad con impacto en la sociedad), debe haber, por lógica, un cambio de paradigma. Los actores intervinientes deben ser valientes y crear un sistema verdadero de tolerancia cero a los hechos de violencia, porque solo así dejarán de existir las hinchadas tóxicas que no hacen otra cosa que dañar a los verdaderos hinchas del fútbol, aquellos que quieren volver a disfrutar de nuestro deporte rey y, sobre todo, a los mismos clubes y sus aspiraciones deportivas y económicas.
Porqué de seguir así, el fútbol se convertirá en el peor de los negocios.








